Mateo 27:31-50

Sin lugar a dudas, cuando un corazón es sincero, valora lo que han hecho por él, sin limite alguno. Porque hago mención de ello,  después de soportar el clamor del juicio y las burlas de la multitud, Jesús llegó a la cima de la colina donde lo crucificarían. Los guardias romanos asignados a las ejecuciones de aquel día lo extendieron sobre el suelo, sosteniéndole los brazos bruscamente contra la viga transversal de una cruz. Entonces, uno de los guardias buscó el punto más blando en su muñeca y le puso la punta de un clavo contra la carne. El sonido del martillo al dar contra el clavo se dejó oír por encima del alboroto de la multitud. Así repitió el proceso con el otro brazo y nuevamente el sonido del martillo se hizo escuchar por encima del alboroto. Tomo uno de los pies y colocándole sobre el otro, aquel fuerte romano le atravesó ambos pies con otro clavo.

Si Jesús, el Hijo de DIOS, está ahora ahí colgado, bajo el ardiente sol de Palestina. Sintiendo todo el calor del escarnio y la burla de la multitud.

Mientras estaba clavado en la cruz, Jesús tenía que levantarse sobre el clavo de sus pies para poder respirar. Cuando el dolor de sus pies se le hacía insoportable, se desplomaba y quedaba colgado de las muñecas. Mientras le colgaba pesadamente la cabeza, la tráquea le quedaba bloqueada, con lo que la respiración se volvía imposible.

Esta es la razón por la cual la muerte por crucifixión era algo tan horrible: es un tipo de muerte lento y desesperado, con una constante batalla entre la necesidad de respirar y el fortísimo dolor que causaban los clavos que atravesaban la carne de la víctima.

La crucifixión de Jesús fue el acto de amor más grande de toda la historia de la humanidad.

Tómenos unos instantes para reflexionar, y sobre todo para darle gracias a DIOS, por entregar a su Hijo como el sacrificio perfecto por nuestros pecados.

Después dele gracias al propio Jesús por haber pagado el Precio Máximo y por haber muerto en su lugar.

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